lunes, 16 de enero de 2017

Error en el envío

Las letras de molde, aún en estos tiempos de cultura digital, me siguen llamando la atención.
Por eso, a pesar de que ayer intentaba huir de la lluvia, una hojita suelta sobre el pavimento mojado atrapó mi atención.
¿Qué lectura quedó pendiente allí, pegoteada sobre el cemento y pronta a su destrucción?
¿Sería un despechado que quiso alejar un pensamiento?
¿O un lector desatento que perdió con este papel una línea argumental que, por más que nosotros la leyéramos, sólo tenía sentido para él?
Sin avisar siquiera, como esos correos electrónicos que por problemas de tipeo o en la distribución de mensajes, vuelven a nuestra casilla.
Como un mensaje arrojado dentro de una botella al mar, tal vez ese mensaje no llegue nunca al destinatario.+

lunes, 5 de octubre de 2015

La visita

De pronto se percató que los golpes que escuchaba no eran los de una ventana agitada por el viento o algo similar.
No les hubiese prestado atención de no haber sido por la gélida corriente que le corrió por el cuerpo; como una brisa helada que no movió un solo papel de su escritorio.
En ese preciso instante, sintió el ágil claqueo de unos pasos que se silenciaron justo al llegar hasta el respaldo de su silla.

domingo, 18 de enero de 2015

Recepción en lo de Pedro

Ascendíamos por la pradera verde hasta que llegamos a la Mansión. No sé si atribuirlo a mi limitada cultura, pero no podría describirla. Recuerdo, si, perfectamente que fuimos directo a unos bebederos de piedra empotrados en la roca desde donde salía como de la pared un agua cristalina y mineral deliciosa, con la que bebimos y nos refrescamos.
Permanentemente llegaba gente. Todos estaban vestidos con ropajes blancos, livianos y cómodos, acorde con la temperatura reinante, que debía ser de unos 25 grados. Era una recepción de primera categoría. El ánimo general era de serena alegría; más bien, algo así como una satisfacción compartida.
Me acerqué a un par de tipos a charlar. Uno me mira y me dice: "¿vos todavía vivías? Hace años que esperé que tu llamado. ¿Te acordás que te fui a ver cuando me quedé sin laburo? Me prometiste que me llamarías, con una convicción tal que me quedé esperando por semanas".
Lo chocante de la situación no tenía relación con el tono en que me habló. En sus palabras no había rencor. Pero el momento no era agradable para mí, así que me hice el que tenía algo que hacer y me moví hasta otro grupito. El que estaba hablando, sin detener su ritmo, exclamó con estrépito: ¡Pero mirá quién está acá! ¿Te acordás de mí? Te pedí una entrevista cuando se venían los despidos masivos. Yo ya estaba enfermo. Tu secretaria me dijo que me atenderías, pero antes que eso llegó el telegrama colacionado".
Hice una mueca, aproveché que no me había terminado de acomodar ahí y seguí de largo. Pero uno que estaba de espaldas me agarró del brazo, me miró a los ojos y me dijo secamente: "si, yo me acuerdo bien de vos; fuí uno de los que cayó preso cuando lo del Banco".
- ¿Estuviste preso?, le repliqué atónito.
- Claro, vos ni te enteraste... Pero no te voy a engañar: fue una gran experiencia. Gracias a eso estoy acá.
Le palmé la espalda y avancé hacia la entrada. Desde adentro se escuchaban maravillosas vocalizaciones de rock nacional. Impensable que sonaran tan bien a capella, a veces en forma solista o a veces a varias voces. ¡Melodioso! ¡Celestial!
Uno que pasó a cierta distancia me pregunta por mis amigos, nombrándolos. "¿No vinieron?" Respondí negando con la cabeza.
Recién ahí caí en la cuenta de que los que ingresaban por el alto portón de hierro forjado lo hacían en pareja o en grupo, pero que ninguno lo hacía solo. 
En ese instante se apareció frente a mí el patriarca, con sus largos pelos canos y su mirada benevolente. Me saludó con afecto. 
- ¿A qué hora entramos, Pedro? -le consulto.
- ¿Estás solo? Nadie lo hace de esa manera.
- Bueno, pero está entrando todo el mundo...
- Todo el mundo, no; se ve que tenés la mirada cauterizada por la supervivencia. ¿Pasaste por la guitarreara cuando venías?
Desde dónde había venido se escuchaba un magnífico punteo de guitarra y una voz, como la de Falú, que silabeaba unos versos de Albérico Mansilla:
¿Qué me puede importar, después de todo
El trance de partir, si yo he logrado
Llenar cada minuto transcurrido
Con un claro vivir enamorado;
Si la vida no fue en definitiva
Sólo uno motivo para haber amado".
Allí entendí todo y me apuré en buscar a Pedro, que estaba recibiendo a unos y a otros. Me miró con la mirada alegre que todavía le duraba del saludo anterior y me dijo: "Fíjate bien entre los que van llegando. Son ellos los que te podrán ayudar".
- Pero, Pedro -intenté.
- Para vos, todavía, San Pedro, che.+

domingo, 16 de noviembre de 2014

Falsos profetas

El anuncio de que un asteroide chocaría contra la Tierra tenía en vilo a la pobación mundial.
Un impacto similar había acabado hace milenios con toda una especie, la de los dinosaurios, según algunas teorías.
La angustia de relativizar de ese modo la existencia humana era algo exasperante para unos; para otros, sólo era un instante más en la historia de la eternidad.
El Emperador, día tras día, hacía declaraciones acerca de los avances en torno del conocimiento del fenómeno cósmico. Se mostraba aplomado, seguro, trascendente. Es el único referente válido.
El Mundo lo escuchaba y analizaba minuciosamente sus palabras dado que de él dependían sus vidas.
Su presencia, sus silencios, sus especulaciones y su actitud positiva frente a la adversidad hacían de él un Salvador.
Todos sabían que, de un momento a otro, les daría solución definitiva al problema que se había convertido en esencial para sus vidas.
El tiempo se acortaba y las informaciones empezaron a escasear. Las calles se poblaron de agoreros y desesperados.
La mañana anterior al día del impacto fatal, en conferencia de prensa, el Emperador dijo lo que todos esperaban: "Quiero anunciarles que tenemos lista la operación de salvamento del planeta. Les presentó al doctor Sito, que le va a presentar los detalles".
Sito realizó una explicación tan larga y detallada que el planeta, que lo seguía en vivo y en directo, sufría de verlo ahí; lo hubiesen preferido ver en su lugar de trabajo, velando por ellos.
Pero el plan era tan claro y sonaba con tal solidez que era evidente que no tenía meses sino años de preparación.
A esta altura todo estaba listo y Sito podía estar en donde quisiera.
Pero el científico volvió a sorprenderlos a todos. "Como podrán observar -dijo- el dispositivo no debería fallar de ninguna manera, excepto que exista un error de cálculo. Revisar todo nos llevaría varias semanas -lo que develaba, de alguna manera, el tiempo invertido en su concresión-, pero a mi juicio no sólo es imposible sino que es inconveniente cambiar los planes de Dios. Por eso confieso que, como miembro secreto de la iglesia de los Días del Aerolito, dejé algunas ecuaciones sin resolver para que la salvación dependa exclusivamente del Creador".
Acto seguido, sin aviso previo, pareció morder una pastilla, se retorció dolorosamente y murió en pocos minutos a la vista de todos. El espectáculo fue digno de ese momento de desesperación y espanto.
El Mundo recién estaba conociendo al personaje del que dependían sus vidas y se moría absurdamente en un acto incalificable de traición a la especie humana.
Cámaras y miradas se volvieron sobre el sillón imperial, que ahora estaba vacío.
Sobrevino el caos. Hubo numerosos suicidios y centenares de muertos por los accidentes derivados de la histeria colectiva.
Gracias a Dios, cuatro horas más tarde se anunció que el asteroide no impactaría en la Tierra, aunque todos podrían observarlo a simple vista por lo cercano de su trayectoria.
El anuncio, esta vez, estuvo a cargo del personal de guardia del Observatorio Espacial.

Beccar, 14/3/1998

viernes, 31 de enero de 2014

Poetas Callejeros


Hay que apartar los ojos de la avenida.
Estar atento a lo que allí suceda para verlos.
Ahí están. Son cazadores de detalles,
formas, colores, olores, andares.
Munidos de anotador y birome,
no son lo que parecen.
Gozan del aire libre.
Se los puede ver en días fríos y de calor,
con nubes o con lluvia.
Ahora también los han visto con los hombros nevados,
merodeando en las esquinas.
Son gente relajada, que no se engancha
con el trajín urbano.
Hay que observarlos en días
de tránsito paralizado. Auto contra auto.
Ellos permanecen cerca pero distantes,
muchas veces anotando como locos en sus blocks,
a cuyas hojas las hacen girar como matracas.
Fuman, sonríen, pero nunca intervienen.
Hacen de la calma una pasión.
He notado que hay conductores que los utilizan
como analistas, en quienes descargar sus tensiones.
Sí, como una catarsis.
Se bajan del auto para gritarles.
Ellos son un lago planchado.
Tal vez por eso nunca nadie
usó sus manos para exorcisar sus broncas.
Estos pájaros azules son alegres.
Cantan con sus silbatos.
También juegan a las chapas,
registrando todo dato.

La Confesión

Con alguna picardía, llamé a Honorio
y le dejé un mensaje con su secretaria.
Para jorobarlo, nomás.
No esperaba una respuesta, de ningún tipo.
Pero me temo que lo prejuzgué mal,
o demasiado bien.
Esa noche recibí un correo suyo,
que me decía, tras unas líneas
explicativas de su ausencia del mediodía,
una confesión relativa a estos últimos tiempos:
Querido amigo,
Trabajé como para resolver todos mis problemas.
Desesperé buscando seguridades.
Me irrité al no conseguirlas.
Sé que lastimé.
Es que ansié agitadamente.
Busqué en el placer un calmante.
La pasión se desorientó.
El éxito fue mi consolación.
Me vanaglorié.
Desacredité a quienes me interpelaban.
Mentí.



Perdón.

Perdí la Esperanza.
Me solté de Su mano.
Me aferré a mis cosas.
Di vueltas en círculos.
Salí del camino.

Dame la mano.
Mostrame la Verdad.
Quiero compartir tu Vida.

Honorio Laureado

Era amigo de Honorio Laureado.
Pero trataba de evitarlo en estas condiciones.
Su trato era radiante, pero fugaz.
No tenía tiempo para nada.
Cuando me miraba, sentía que nos veía a todos.
Me hablaba, pero no me escuchaba;
en rigor, sólo retenía lo que le interesaba;
lo que lo halagaba.
Es que estaba muy exigido,
y que le dijeran cosas lindas le hacía bien.
El no estaba ofendido conmigo,
porque no se había dado cuenta
de mi toma de distancia.
Estaba rodeado de amigos.
A mí no me gustaba estar cerca
de sus adulones y obsecuentes.
Además, tenía unos cuantos enemigos.
Es feo que te envidien,
que te deseen el fracaso.
Por momentos, se desesperaba
porque sabía que, desde donde estaba,
no podía seguir subiendo indefinidamente.
Actuaba como si no se diera cuenta.
Ojo, que Honorio era un buen tipo
y se merecía el estrellato.
Desde ya, lo saludaba, lo quería y lo respetaba,
pero no podía desearle el éxito que ya poseía.