Buenos Tipos



Hay gente que genera luz con palabras;
otros, proyectan sombras.


Están quienes electrizan el aire
y los que soplan nubes de negro humo.


Algunos alargan vidas,
otros sentencian fatalidades.


Aquellos riegan cordialidad;
éstos siembran envidias.

ALGUNAS PINCELADAS
"Dame todo".
Transpiraba alcohol la cañería parlante.
Yo sabía que esto podía pasarle a
dos sujetos elegantes en un barrio marginal.
Resplandeciente, de traje beige,
lo miró con ternura y sonrió ampliamente.
"Te estaba esperando", dijo Mandi,
extendiendo los brazos.
El caco bajó la mirada, su fierro
y avanzó hasta abrazarlo.
El hombre lo cuidó con sus manos,
besó su cabeza ardiente de confusión y murmuró:
"vos sabés lo que tenés que hacer".
El moreno sollozó audiblemente,
retrocedió sin levantar la frente.
"Hacelo", ordenó con voz firme y paternal.
De pronto, todo había vuelto atrás.
"¿Lo conocías?", le pregunté, curioso.
"¿A quién?"

+ - + - + - +

No es lindo, ni pintón.
No es elegante, ni agraciado.
Tiene el pelo tan corto
que ni necesita peinarlo;
es crespo y, quizás, teñido.
Viste trajes oscuros.
Le identifiqué uno negro.
Llega a su oficina en silencio
y sorprende al personal a su cargo.
Le temen.
No saben cuándo está de humor,
ni si lo tiene.
Pero el doctor Laureado tiene su costado humano.
Sabe ser tierno, sonreir
y mirar inclinando la cabeza.
Tiene anécdotas
que lo muestran generoso;
y unas cuantas
que lo pintan monstruoso.
Juraría que piensa
que lo graban en todo momento.
Habla para la posteridad.
Sospecho que conoce el arte de filmar
porque actúa una barbaridad.
Sabe ser galante y caballero
sólo cuando la ocasión lo amerita.
No se lo recuerda en una cancha,
ni se le conoce pasado deportivo.
No tiene recuerdos gratos,
sino sucesos furtivos.
Es muy raro escucharlo hablar
de otra cosa que no sea política,
o negocios.
Así y todo, Honorio
es atractivo para las chicas.
Una tardecita,
al final de una jornada,
lo ví desde la vidriera de un bar
con una muchacha en sus faldas.
Ella reía
sonora, aguda y rápidamente.
Se la veía divertida
y relampagueante.
Ansiosa y deseosa.
Húmeda de interés.
Me chocó verlos tocarse
y celebrar la decadencia.
Trocaron placer por decencia.

+ - + - + - + - +

Me sorprendió el llamado de Honorio
porque hace mil que no hablábamos,
por su tono cariñoso
y por su repentino interés en mis cosas.
Fue haciendo un repaso
llamativamente detallado
de mi actualidad.
Cuando percibí su ánimo
me sentí impulsado a preguntarle
por la suya, que es más pública.
Apenas amagué, fue al grano:
lo había llamado un amigo común,
que vive en el exterior,
y habían arreglado salir a almorzar
"con los muchachos".
Comprendí rápidamente
mi rol de amigo de la infancia,
que no debía confundirse nunca
con el de cortesano.
Así y todo, apenas llegué al restaurante
me dí cuenta.
El había insistido
en ir a un lugar "de toda la vida"
cuando, en realidad, todos esperábamos
una opípara invitación,
propia de su nueva realidad.
Pasaron cinco, diez, quince minutos
y ya habíamos llegado todos,
menos Honorio.
A eso de las y media sonó mi celular.
Era la secretaria del doctor Laureado
que me rogaba que lo excuse,
que había surgido algo imprevisto,
y que me pedía que ocupe el lugar del anfitrión.
No supe si tomarlo como un halago...
o como una orden.
Le agradecí, corté y anuncié la ausencia
de Honorio, a la vez que caía en la cuenta
de que la figurita difícil
nunca había especulado seriamente con venir.

+ - + - + - + - +
- Si –confesó Urbano-, yo corté la última rosa.
- ¡Ay! Dios mío... ¿cómo pudiste...?
- ¿Por?
- Era para la Virgen –repliqué débilmente, sin poder creer tanta necedad-. Esa que tengo en el nicho de la entrada. ¿La ves? Siempre se la renuevo.
- ¡Pero...! si hubiera sabido... ¿Viste la Polaca que vive a dos cuadras de acá, para el lado de la vía? Bueno, me la encontré en este último congreso que fui. Yo no tenía ni la menor idea de que ella fuera colega mío. Lo que puedo decirte es que una cosa es verla acá, cuando pasa por delante de nuestras casas paseando el perro y otra, bien diferente, es cruzártela cuando está arreglada: ¡flor de hembra, hermano!
- Si, ésa que tiene un labrador...
- ¡Esa! Pero no lo había llevado. Estábamos en un hotel de Cataratas, que tiene un centro de convenciones, y se me apareció de repente, justo cuando estaba estirando la mano para agarrar un sandwich en una mesa de apoyo y ella estaba queriendo pasar para el baño. ¡Te podés imaginar! "¡Qué casualidad! ¿Así que vos también sos colega? ¿Quién lo hubiera dicho?" Y ella replicaba cosas por el estilo. Los saludos, aunque de rigor, estuvieron un poquito manoseados. Fuera de éso -una emoción, tal vez-, nada en particular. La cosa es que me la volví a encontrar en el siguiente intervalo. Pensándolo bien, esta vez ya no fue tan casual. Ella vino para el lado que estaba yo y, haciéndose la sorprendida, coincidió en la mesa en que la buscaba un cafecito. Muy diligentemente, me lo sirvió; fue difícil tomarlo, sin rozar levemente sus dedos. Miraba a los ojos, pero dulcemente, y sacó temas para estirar el momento. Vos sabés que no soy un tipo de salir de joda -acotó, en tono bromista-, pero no había nada de malo en charlar un rato con la preciosa polaquita; política de buena vecindad, nomás... Cuando hubo que volver a la sala, nos despedimos; como si nos fuéramos a ir. Cualquier excusa valía para poder probarnos la piel, olernos los perfumes y acariciarnos los brazos. Vos me mirás así, imaginate lo que es estar allá, en un hotel de Cataratas, con una mariposa volando alrededor tuyo. Hasta ahí fue un deleite, nomás. Después la perdí hasta la noche, cuando salía a comer con algunos colegas. Mientras salía apurado, en el lobby, se me apareció vestida con unos pantalones negros ajustados y una especie de vestidito cortón, dorado. Más rápida que la diversión me preguntó si tenía programa, porque ella estaba libre; la habían abandonado sus compañeras y no tenía a nadie con quien salir.
- ¡... játe’ joder! Era un tiburón detrás de su presa, en medio del océano.
- Lo que pasa es que no quedaba bien decirle a los muchachos que no saldría. En realidad, no tenía ninguna intención de hacer nada con ella. Pero cada vez tenía menos margen. Para colmo, me dijo: "si se suspende, avisame que voy a estar en la habitación 666; o preguntá en el mostrador por Rosa Pretolski". La saludé con algún apuro y salí disparado hacia la calle, donde me esperaba la barra. A la vuelta, tuve que aceptar una invitación a tomarme unos whiskies para evitar llamarla y ver si se aparecía por el lobby. Al día siguiente, ya terminaba el congreso. Cuando salía de desayunar, la ví que llegaba. Dudé en quedarme, pero iba a resultar medio raro para los que me pudieran ver. Sería evidente de que me quedaría para levantarme a esta piba. La cosa es que no la volví a ver hasta el momento en que me iba. Valija en mano, cruzaba el lobby para subirme a la combi que me llevaría al aeropuerto cuando salió a mi encuentro. Intenté un jocoso "¡Doctora Pretolski!", pero ella me cortó con una voz tristona: "¿no te quedás?" La flaca estaba con una bermuda apretada y una musculosa blanca, rebosante de salud. Su mano no se desprendía de mi brazo y me comía con los ojos. Ahora calculo que había cambiado el vuelo para quedarse conmigo unas horas o tal vez la noche. A mí ni se me ocurrió, así que la saludé para no perder el avión. Esta vez el beso fue lento y su mano acarició los pelos de mi nuca.
- ¡A la flauta!
- ¡Estaba en llamas! No sé qué cara habré puesto. Pero cuando me subí a la camioneta no sabía bien qué había hecho. Esta mañana estaba acomodando el auto en la vereda, y ví que se venía la Polaca para este lado, paseando su perro. Así que me zambullí en tu jardín a buscar una rosa. ¿Entendés? Rosa... No pongás esa cara; hay que avivarse de esas cosas en cuestión de segundos. Estaba totalmente decidido a fijar una cita con ella. Busqué y busqué, pero no encontré nada. Así que salí de vuelta a la vereda para topármela así, desarmado. Pero ya no estaba. ¿Podés creer?

+ - + - + - + - +

Urbano entró y lo encontró
totalmente desordenado, a oscuras.
Avanzó con dificultad, sintiendo objetos
a su paso, sonoridades quejosas bajo su pie.
De pronto pudo ver una luminosidad y avanzó hacia allí.
Tanteando, pudo abrir la ventana.
Una oleada de aire y de tenue claridad
dejó a la vista lo que hasta hacía un par de segundos se intuía.
Para trabajar con mayor claridad
fue hasta el interruptor y encendió la lámpara.
Enderezó lo que estaba caído,
acomodó prendas y manteles,
hasta que pudo ocuparse de los detalles estéticos.
Finalmente se sentó en su sillón
y pudo observar el azul del cielo.



SUPERPOSICIONES


"Adelante", se escuchó en la sala de espera.
- "Vengo a ver al Dr. Rivera, señorita".
- ¿Tenía cita? -interrogó la eficiente guardiana de la intimidad doctoral.
- Si, pero decidí cancelarla para verlo -repliqué, para su confusión.
"¿Cómo le va, mi amigo?", saludó Rivera, asomándose al estar. "¿A qué debo tu grata visita? Debo confesarte que me sorprende..."
- Doctor -interrumpió la guardiana-, lo estuvo llamando la doctora Pretolski.
- ¿Ah, si? Muchas gracias... ¿en qué estábamos?
- ... varias veces... -insistió la celadora.
- ¿Varias veces, qué? -consultó, sorprendido Urbano.
- Que lo llamó unas cuantas veces, digo.
Rivera desvió la vista hacia un punto de fuga para luego volver a lo nuestro.
- No te quedes ahí; pasá ¿a qué venías?
- No, nada; bueno, en realidad, si, pero era una pavada.
+ - + - + - +

- Oiga, Zulema: si llama una señorita Rosa y no me puede pasar en ese instante, pídale que me deje un número para devolverle la llamada.
- Cómo no doctor Laureado. ¿Quiere que retomemos el almuerzo con sus amigos? Mire que hay uno que estaría por viajar en los próximos días.
- Me encantaría pero, ¿sabe?, está todo tan complicado, tan difícil, que me da un poco de temor dejar la guarida.
- Comprendo, doctor; era una consulta, nomás.
- Muchas gracias, Zulema; muchas gracias. Usted sabe mejor que nadie lo bien que me vendría recrearme con los muchachos, con mis amigos de la juventud.
- Ay, doctor, no diga éso; usted todavía es joven...
- ... aunque no lo parezca, ¿no? vamos, Zulema, dígalo.
- En realidad, hace un par de días que aparece perfumado y con ropa canchera...
- Usted es muy gentil conmigo, Zulema, pero no es así: yo estoy muy abocado a mi trabajo; no hay nada más que éso.
"¿Hola?", atendió Honorio su telefonito, "justamente estaba preguntando a mi secretaria si había algún hueco para hacer colar ese almuerzo que quedó trunco". Pasados unos pocos segundos, Laureado interrumpió: "pero, claro, cómo no; muero porque me cuentes esa misteriosa historia. Aprovechemos el almuerzo (...) bueno, podría ser un rato antes o unos minutos después (...). Claro, claro (...) va a ser un placer, querido amigo. Si (...) yo también (...) un abrazo".
- Ah, Zulema; respecto del almuerzo: haremos lo imposible, pero no creo que encontremos forma de conciliar la agenda para poder realizarlo. Usted sabe cuánto me gustaría comer con ellos, pero no creo que sea posible, ¿vio?
+ - + - + - +

- Esta noche estoy disponible, Urbi, ¿o me vas a dejar plantada?- atacó el felino.
- Justo venían los chicos a comer a casa. Pero... dejame ver - atajó Rivera.
- No, por favor, atendé a los chicos... -intercedió la beata Rosa.
- Es que no tengo claro si iban a poder venir. Averigüo y te estoy llamando en un ratito...
- Mirá que yo entiendo... -apuró la gata-; no te preocupes. Seguro que algo termina saliendo.
- No, no, no... Es casi seguro que esta noche no vienen -definió Urbano. Hago una llamada y lo confirmo. ¿Qué tenés ganas de hacer? ¿Querés salir a comer, al cine?
- No sé qué decirte. Quiero salir, pero estoy cansada -se lamentó la ninfa.
- ¡Pero no es ningún problema! -salió el Dr. Rivera, en auxilio de pobres y ausentes- ¡voy para tu casa, y listo! Nos pedimos algo de sushi, unos vinos y llevo unas películas que te van a encantar.
-¡Ay, genial! -aulló ella. Nos vemos esta noche en tu casa.

+ - + - + - +

Esa noche no fue lo que parecía.
La luz de la luna y de sus estrellas monaguillas,
que habían distraído al romántico doctor Rivera,
dejaron en evidencia a quienes ingresaron
aquella vez en lo de Urbano,
según el parte policial.
Se me ocurrió pensar
que la disputa por Rosa Prieto
podía tener que ver con el siniestro episodio.
No obstante, la calentura de uno
y la presunta ocupación del otro
me impedía avisarles
acerca de los peligros que corrían ambos
ahora que la especie se hacía pública.
Aquella vez que salimos por los barrios del Sur
Mandi me había advertido, en su rol periodístico,
que aquel sujeto que abrazó
tenía un mandato criminal.
Mientras editaba la crónica policial
descifré que el sujeto denunciado, Paco Moreno,
era muy parecido al que Mandi abarajó paternalmente.
"Tengo que verte; hay algo que me preocupa",
le anuncié telefónicamente.
Nos encontramos en el bar de la esquina
de Onanía y Tribulación,
albardón ferroviario mediante,
a pocas cuadras de la Villa El Gólgota.
El bueno de Armando presumía
que el café no se tomaría con edulcorante,
y que no se hablaría de geranios ni de malvones.
- ¿Qué sabés de Paco Moreno? -lo interrogué.
- No mucho, ¿por? -me estudió.
- Hay algo que no me gusta nada.
- A mí tampoco, ¡mozo! - bromeó, para zafar un poco.
Con un gesto de la mano, detuve
al servicial agente gastronómico que se encaminaba
vanamente en nuestro auxilio.
- No, ganso; ¿quién era ese muchacho que nos iba a asaltar hasta que te reconoció?
Armando Témpore no era una persona fácilmente abordable. Pitó con intensidad un cigarrillo que ni sabía yo que llevaba entre sus dedos, con la mirada inyectada en el cielorraso del malevo bodegón. Luego posó sobre mis ojos los suyos, como queriendo adivinar mis intenciones, hasta que sin más preguntó:
- ¿Para qué querés saberlo?
- Tengo la presunción de que tu pollo...
- ¡No es mi pollo...! -interrumpió.
- ... bueno... de que ese joven podría haber intentado realizar un crimen por encargo.
- Eso es muy comun -intervino, casi molesto-; ¿porqué pensás que me relaciono con él? Me cuenta cosas, suyas o de terceros, que yo te vendo en forma de colaboraciones periodísticas para la sección Policiales. ¿Capishe? ¿O me vas a pedir que te entrege a los informantes que me permiten, en mis tiempos libres, dedicarme a la poesía?
La respuesta, tal vez por obvia, me dejó meditabundo. Eran muchos los temas que, de una, me había largado Mandi para pensar. "Traigame una cerveza con elementos", ordené.
- Veo que la cosa se pone buena -sonrió Armando, mientras se frotaba las manos.
No pude dejar de sonreirme a mis anchas. Esas conversaciones son unos de los momentos más valiosos que la vida me ofrece. Había que retomar el envión: negué seriamente con mi cabeza y contraataqué:
- ¿Vos te das cuenta de lo que te estoy hablando, no? Un amigote mío, medio gil, se calentó con una mina... que se curte a otro amigo mío, del Colegio. ¡otro gil!... pero para el otro lado, de creído... En la redacción recibí una crónica que relataba un episodio que vivió el primero de ellos, un médico, Urbano Rivera. Le dieron vuelta la casa. Pero la pericia policial se refiere al episodio como diferente de un robo, sino como que buscaban algo o, como podría ser más factible -teniendo en cuenta lo inefable del personaje-, de un ajuste de cuentas. El bobo de Urbano ni se percató; lo atribuyó a la inseguridad reinante, nomás. Pero cuando leí la descripción del sospechoso me resultó muy familiar...
- Entiendo. Vos pensás que Paco, el día que lo vimos, iba por tu amigote...
- En realidad, me inquieta más lo que esa tarde le dijiste: "vos sabés lo que tenés que hacer; hacelo".
El silencio se coronó con el arco de sus cejas. Volvió a pitar, mientras cerraba sus ojos. Por un rato no emitió palabra. Por mi parte, me dediqué a la picada y al bouquet que le ofercía la cerveza tirada. Sabía que no ganaría nada apurándolo. El acarició el vaso, como si fuera su amigo, respiró profundamente y espetó:
- Puede ser, querido colega, que el camarada Moreno tuviera por objetivo la casa del Dr. Rivera; esa parte la desconozco. Lo único que te puedo decir, y no es para publicar, es que es un encargo político.
+ - + - + - +
Ahora la cosa estaba más clara.
Sin embargo, le pedí un voto de confianza:
"¿No podés llevarme hasta él?
Quisiera cerciorarme de que se trata de la misma persona."
Aceptó, a cambio de ir por una calle
en la que sospechaba que había una ventana adornada
con malvones blancos:
"Una maravilla, vas a ver", invitó.
En veinte minutos
-tras robar sendos gajos de esa reserva vegetal-
estábamos en los pagos de Paco Moreno.
Mandi encaró directo al "bar";
en rigor, una ventanita que despachaba cerveza
a media docena de trabajadores
que la bebía sentados sobre tablones.
El veterano periodista
puso las manos en alto y soltó:
"no me jodan, que es mi jefe".
Por un segundo, quedé paralizado.
"¿Qué dice este loco?", pensé.
Pero en dos minutos nos habíamos acomodado
a las risotadas, munidos del ámbar elíxir.
Uno de ellos retomó la historia que compartía
al momento de nuestra interrupción.
Parado frente al resto,
con los brazos extendidos,
la cabeza hacia abajo
y los ojos cerrados
imitaba a un cura carismático
a cuya misa había asistido el día anterior.
Contaba la curación presencial de un enfermo.
"Es como un meturgeman",
me comentó silenciosamente Mandi:
"un sujeto que repite una crónica oral", aclaró;
"hay mucha gente que es analfabeta;
se informan de esta forma.
Otra que Miranda".
El que tomó la palabra seguidamente
hizo referencia a un suceso criminal;
una adolescente que había sido violada
por el marido de su madre.
Los presentes pedían detalles, lo interrumpían.
El locutor de turno se hacía el interesante.
De pronto, el que habló fue el viejo Témpore:
"¿y qué se sabe del loco de Moreno?"
Un silencio indisimulable dominó la escena.
"No se preocupen -intentó calmarlos,
mostrando la palma de las manos-;
les digo que es mi compañero".
Murmullos indescifrables
se tradujeron en rápidas fugas.
En breves minutos, quedamos solos.
"Vamos, vamos", aceleró, asustado, Mandi.
Tuve que seguirlo a las zancadas
hasta salir del Gólgota.
+ - + - + - +
Todavía no habíamos salido
del barrio marginal que rodea a la villa,
pero Mandi había aminorado el paso,
sonreía y volvía a hablar de vanidades;
de todo, menos del tema que nos había conducido a allí.
Estaba de visitante,
por lo que preferí quedarme en mi lado de la cancha
y evitar desguarecer mi defensa.
No podía entender
lo que Armando contaba.
Hasta que me dí cuenta de que él tampoco
sabía lo que decía;
estaba muy nervioso
e intentaba transmitir la imagen de la calma.
Caí víctima del pánico.
Me sentí una basura, un blando.
Tomé a Mandi por su brazo izquierdo,
para detenerlo;
y luego también por el derecho.
Lo miré a los ojos y le pedí
que me indicara el sendero
para llegar la casa de Paco Moreno.
Odio huir. Prefiero correr el riesgo
de enfrentar la incertidumbre;
no es valentía, sino tozudez.
Atónico, casi molesto,
señaló un punto a mis espaldas:
"¿ves la casilla que parece ser
la pared del fondo? Metele a la izquierda.
El camino te lleva.
Vas a ver que salen muchas callecitas;
seguí derecho hasta que veas
una que baja muy pronunciadamente
y se mete hacia la derecha,
vivorea bastante
hasta llegar a un kiosko, El Sapucai.
Metete. Hay una barra, del tipo de la del bar.
Preguntá por Paco.
Decí que vas de parte de Armando.
Si te apuntan con un revolver,
no hagas caso. Excusame con cualquier motivo.
Explicá que lo necesitás
para hacer una nota de color
para la tapa de la revista del domingo...
una nota sobre padres solteros.
¡Va a estar encantado!
Es un militante de esa causa.
Tiene una decena de chicos diseminados
por el Gólgota".
"¿Cómo hago para preguntarle
lo de Honorio?", lo consulté.
Pensó unos segundos,
se inquietó y me dijo:
"Vos vas a saber hacerlo",
me palmeó y en segundos
estaba fuera de mi campo visual.
De haber podido,
pienso que me hubiese ido con él.
Pero no pude seguir su ruta.
Había que moverse, rápido.
Busqué el sendero señalado
y me largué en búsqueda de Paco Moreno.

+ - + - + - +

Me pareció que todas las salidas caían
más o menos pronunciadamente.
No tenía tiempo para detenerme
para analizar el caso,
ni el deseo de consultar a nadie
de modo que delatara mi foraneidad.
Avanzaba muy aceleradamente
por el pasillo, provocando
el disgusto y la molestia de los vecinos.
De pronto, pisé un desnivel
-o algo que lo estableció como tal-
y me derrumbé.
Mis manos blancas y delicadas
evitaron inicialmente el contacto del sucio suelo;
mi mejilla tuvo que hacerlo
centésimas antes que ellas.
Me levanté como un canguro.
Sentí que mi presencia empezaba a estorbar.
Miré hacia atrás y no reconocí mi propia trayectoria.
Al voltearme, me topé con una persona demasiado cerca mío.
No pude identificar siquiera su sexo.
Noté que unos pocos metros más allá
había una salida que bajaba hacia la derecha.
No dudé en lanzarme en esa dirección,
¿en busca de Paco Moreno?
No, en procura de una vía de escape.
Hacia adelante.
Me tranquilizó mirar hacia atrás
y descubrir que nadie me seguía
a los cinco metros de alcance visual.
Iba tan rápido que casi atropello
un extraño sujeto de caminar pausado.
Me fascinó su poncho y el sombrero de paja.
Por un momento respiré la paz.
Busqué que su conversación iluminara mi camino.
La carrera había llegado a su fin.
Suspiré.
Percibí que se movía extrañamente.
Llevaba algo así como un palo...
¡en sus dos manos!
O no, ...claro: era una horqueta
tomada desde sus ramas
que apuntaba al suelo.
"¡Usted es un rabdomante!", exclamé.
El hombre me miró y sonrió, con los ojos entrecerrados.
Un leve cabeceo afirmativo fue toda su respuesta
antes de retomar la búsqueda del agua
en el zócalo inexistente en la pared externa de un comedor infantil.
La punta se agitaba sensiblemente.
El hombre se incorporó, miró hacia adentro
a los chicos gritando y tomando su copa de leche.
Meneó su cabeza y continuó por el sendero.
La horquilla permaneció inmóvil,
excepto al cruzar de una señora embarazada.
El sujeto avanzaba y yo lo seguía a corta y prudente distancia.
Pasamos frente a una ronda de adolescentes,
en un abra del barrio,
sin que la rama se agitase.
Aparté mi vista y me solacé
con los sauces que se veían
aisladamente barranca arriba.
En el pasillo ví el interior de las casillas
desde sus ventanales.
Señoras, con sus chicos;
hombres trabajando.
Crucé a los consumidores
de bedidas más o menos espirituosas
y a fumadores de lo que sea.
Pero era más la gente de trabajo
que agitaban al clásico instrumento de medición.
Sin darme cuenta, siquiera,
el hombre se detuvo en una calle
justo frente a una boca de tormenta.
Nuevamente estaba en la civilización.

+ - + - + - +

Sentí que las rodillas aún temblaban
y que el corazón normalizaba sus palpitaciones.
Crucé esa primer calle asfaltada,
de veredas acordonadas,
y caminé algunas cuadras.
Al cabo, decidí reponer los líquidos transpirados
en el laberinto golgotano
con alguna gasesosa
en uno de esos maxikioskos enrejados,
con acceso restringido.
Una vez adentro, miré la heladera;
elegí una agua tónica.
"¿Cuánto es?", consulté a la kioskera.
"Nada. La casa invita", respondió,
mientras cabeceaba señalando a mi lado izquierdo,
desde donde un muchacho me miraba fijamente.
Me sobresalté.
No había percibido esa presencia.
"¿Me buscabas, no?", preguntó, arqueando las cejas.
"No, no sé", balbucée.
"Me dijeron que estuviste en el bar,
preguntando por Paco Moreno.
¿Vos pensás que me mintieron?"
"No, bueno sí", tartamudée
al intentar responder ambas preguntas al mismo tiempo.
"¿Si o no?", arremetió al notar mi temor,
mientras ladeaba la cabeza.
Apoyé mi diestra sobre la mesada,
asentí varias veces con la cabeza y
procuré recuperar terreno.
El se había acercado mucho,
como si buscara otra cosa de mí.
"Ya veo: usted es Paco Moreno".
"¡Sssshhhh!", expresó con su índice cruzando los labios,
lo que no impidió que me rociara íntegramente
su saliva radioactiva,
mientras se contraía como un poseso.
No comprendí el sigilo: estábamos solos en ese local;
hasta la mujer había desaparecido.
"¿Me acompaña?", me propuso salir con un cabezazo.
"Podemos charlar acá. No me va a salir
con éso de que las paredes oyen",
contraataqué por primera vez.
"Vaya, hágale caso", dijo la voz femenina desde adentro.
Nuevamente derrotado, salí delante suyo.
Aproveché la delantera y doblé
para el lado más urbanizado.
Me tranquilizó que él me siguiera.
"¿Qué andaba necesitando?,
¿para qué me buscaba?", interrogó.
"Yo tengo un amigo..", empecé.
"Si, si... ¿y?", apuró, para que fuera al grano.
"Quisiera saber si...", me frené;
no sabía cómo encararlo.
Uno ha entrevistado a escritores, políticos,
deportistas, artistas... también a delincuentes,
una vez presos. Pero nunca a alguien puede
decidir sobre mi vida o mi muerte,
con un talante tan celoso como su gatillo.
"A ver, cómo le explico...", murmuré, cabizbajo.
Al levantar mi mirada, lo ví marchándose
velozmente hacia la barriada.
"¡Eh! ¡No se vaya!", grité,
evitando pronunciar su nombre.
"¡Usted es un cagón!
No sé para qué lo vine a buscar.
Yo esperaba otra cosa:
un poli, un boga... ¡alguien!", vociferó.
Lo seguí al tranco, sin alcanzarlo.
El agitaba sus brazos,
mientras maldecía a los mantequitas
y maricones como yo.
Escuché interesado sus disquisiciones sociales.
Me compraba con Mandi,
a quien elogiaba, hasta ahí nomás.
Entendí que sólo respetaba
a los que eran sus iguales,
en el terreno de la fuerza,
del manejo de las armas; directa
o indirectamente, como los poderosos.
"Busco a un tipo
que ni se me anima a decir lo que quiere",
vociferaba, para avergonzarme.
Lo único que me importaba ahora
era la colorida nota que estaba obteniendo.
Eso fue lo que me motivó para descerrojarle:
"¿Tiene o no tiene la encomienda de Honorio Laureado?"
Al oir el nombre, se detuvo por completo.
Y yo también.
Se volvió lentamente hacia mí.
En ese momento, me dí cuenta
de que estábamos en las orillas del Gólgota.
Me miró muy fijamente, en silencio.
No pude leer sus intenciones.
"Estás mal informado, pibe;
ése fulano espichó anoche".
"Ah", dijo la aspiración de mi espanto.
Petrificado, no pude seguirlo
por los corredores de la inseguridad.

+ - + - + - + - +

Estaba desconcertado
al punto de olvidar interrogarlo
en cuanto a su grado de culpabilidad
en aquella faena.
Deambulé ensimismado
unas cuantas cuadras
en dirección al Oeste.
Sin temor; al contrario,
con cierto ánimo de hacer pagar
a alguien el presunto pecado de Paco.
La imagen del pub
se me recreó vívida.
Me estremecí.
Busqué el primer banco
en una plaza.
Me desvanecí momentáneamente.
Ahí estaban Honorio y Rosa,
riendo groseramente, contorneándose,
tocándose, sin besarse en los labios.
Ví lenguetazos, manoseos,
mas no besos. Ni mucho menos pasión.
Detenido, desde mi ventana,
pude observar que ella jugueteaba
con un estetoscopio y auscultaba
a alguien que me daba la espalda.
Me desperté sobresaltado
y caminé decididamente
por la avenida en dirección al Norte.
Llamé a la madre de Honorio
-me sorprendió tener aún ese número-
pero no la encontré.
No dejé mensaje.
La supuse informada
Igual, no hubiese sabido hacerlo.
Procuré avisar a dos amigos comunes.
El Chimango, un boga
que había hecho trabajos para él,
y el Palomo, un bohemio.
Nos encontramos en un bar
cercano a la casa materna,
donde suponíamos sería el velorio.
El ave negra decía desconocer
esas reuniones orgiásticas;
no obstante, tendía a justificarlas
en función de la presión que ejercía el cargo.
El Palomo negaba enfáticamente su existencia,
sin argumento alguno;
aunque, salvando a su nombre,
desconfiaba de todo lo que oliera a política.
Un mensaje de texto me alertó:
Urbano quería verme urgentemente.
+ - + - + - + - +
"¿Dónde?", escribí.
"En el baño público subterráneo
de la Plaza de la Alegría", decía el SMS.
Al llegar, me acomodé
para orinar en el único mingitorio
que estaba entero y vacío de orín.
El olor del amoníaco era insoportable.
Estaba por salir
cuando se abrió la puerta de un escusado.
Un hombre se ajustaba el cinturón.
Pude identificar al doctor Rivera
cuando levantó su frente.
"¿Qué hacés acá, loco?", pregunté.
"Me escondo, querido;
no sé porqué, pero todos dudan de mí",
respondió, desesperado.
Arquée las cejas para explicar
mi comprensión del sentir popular.
Su puño no tardó nada
en estampar mi mejilla,
y ésta empujó la nuca contra la pared.
Volví en mí, gracias al agua del lavatorio.
Urbano, angustiadísimo, me empapó.
Una lámpara de bajo consumo
proyectaba sombras en su flaco rostro,
y lo emparentaba con un monstruo
a juzgar por su aspecto.
"Sorry, Urbi, salgamos de acá, esto un asco",
arremetí, ante su débil defensa.
Conversamos un rato,
dando vueltas al parque.
Urbano intentó demostrar su inocencia;
yo quise dejar manifestadas mis dudas.
Su puñetazo me daba
un amplio margen de acción
para manifestarme honestamente.
"Ustedes son todos iguales", lamentó.
"¿Quiénes, ustedes?", consulté.
"Los cagatintas", concluyó, meneando la cabeza.
Me quedé parado
mientras él seguía caminando lentamente
por un sendero barroso.

+ - + - + - + - +

Llegué al velorio
cuando estaba en su apogeo.
Al trasponer la puerta
me crucé con una atractiva muchacha
que me esquivó la mirada
y salió muy apurada.
Me resultó familiar.
Mientras ella se subía al ascensor
pensé que podía ser una conocida de la adolescencia...
o la mismísima Rosa,
pero era tarde para verificarlo;
había desaparecido.
La presencia del Ministro
ocupaba todo el living.
La propia madre de Honorio
estaba fascinada con esa honorabilidad.
Apenas se despidió del alto dignatario,
el Padre Terno, hizo un oficio de cuerpo presente.
En el segundo en que concluyó su bendición
se escuchó una voz contenida.
"Quiero que sepan una cosa:
yo no maté a Honorio".
Urbano Rivera nos había sorprendido a todos.
"Pocos saben que él y yo,
en estos últimos tiempos,
nos habíamos hecho muy compinches;
compartíamos un montón de cosas".
El alterado buscó la mirada de todos
y de cada uno de los asistentes.
Parecía sincero, excepto que nadie le daba crédito.
Ninguno se le acercó a darle consuelo.
Al contario, tras un significativo silencio,
el Palomo terció, con la boca entrecerrada,
"¿cómo te atreviste a venir?".
"¡Guachos! Son muy injustos. ¡Van a ver!",
gritó, desabridamente, y salió aceleradamente
como temiendo una represalia.

+ - + - + - + - +

El tumulto me distrajo.
Aproveché para salir.
Necesitaba llamar al diario.
"No llego; no tiene sentido que vaya,
ni que escriba", reflexioné.
Acto seguido, procuré hablar con Mandi.
Quería adelantarle que, dado que no iría al diario,
no podría editar su nota;
la pasaría para el día siguiente.
No lo encontré en su casa.
El celular, como es habitual, estaba apagado.
Intenté sin éxito en el bar que frecuenta.
El poeta es suceptible.
No me quedaba tranquilo sin avisarle.
Por otra parte, su ausencia era extraña.
Considerando la situación, él debió haberme llamado
para saber de mí.
Me empezó a dar algo de bronca.
Resolví no volver al velorio.
Iría directamente al entierro.
Me lancé a buscar a Témpore.
Bajé al subte, que estaba en el anden.
Partía. No llegué.
Me intoxicó la ansiedad.
Salí. No aparecía ningún taxi.
Caminé hacia la avenida.
Troté un poco.
Corrí al ver el primero.
No lo alcancé.
Mi respiración se había acelerado.
Faltaba aire.
Me doblé en ángulo recto.
Me volví a incorporar.
Procuraba algo de oxigeno.
En ese momento sonó el celular.
Para atender tuve que dejar pasar un taxi,
que desfiló lenta y provocativamente.
Era Mandi, que me saludaba risueño.
Lo mandé al cuerno, sin más explicación.
Apenas corté, caí en la cuenta
de que no le había avisado nada,
ni consultado tampoco.
"Soy un gil.
Peor, estoy estropeado", concluí.
Al día siguiente,
alguien me dijo que me vio desde un auto
andar con la cabeza gacha,
los brazos colgados,
las palmas hacia atrás
con los dedos en gancho.
"Estaba muy cansado.
Viste el día que tuve", argumenté.
Al cruzar la plaza alcé los ojos y observé
que la noche de luna nueva
estaba cubierta por unos oscuros nubarrones.

+ - + - + - + - +

Abrí la puerta de abajo, con la llave,
subí por el ascensor
y al llegar al palier, prendí la luz.
Contuve un grito.
Mandi estaba apoyado
de espaldas contra la pared,
con los brazos cruzados,
la cabeza ladeada
y el pie derecho pisando el zócalo.
"¿Qué pasó?", interrogó;
"digo: llamaste a todas partes,
dejando mensajes histéricos; y,
cuando me encontraste, me cortaste."
Estaba tan shockeado
que no pude hilvanar dos palabras.
Me hubiese gustado preguntarle
si le parecía poco la muerte de Honorio.
El cabeceó hacia adelante, arqueando las cejas,
como insistiendo.
Sentí la respiración agitada
y un mareo repentino.
Desperté boca abajo,
en el frío piso calcáreo,
sin comprender
cómo había quedado así.
Supuse que había soñado
el diálogo con Armando Témpore.
Entonces, ¿qué es lo que me había asustado?,
¿porqué me desmayé?
Tantée en el bolsillo de atrás
y no encontré las llaves.
Desesperé. Llamé al ascensor.
Al llegar, su luz iluminó la puerta,
que estaba entreabierta, con las llaves puestas.
Nunca fui un valiente.
Esta vez fui consecuente con mi historia personal. Temblé.
No obstante, me sobrepuse e ingresé sigilosamente.
Registré el departamento.
No había nada extraño.

+ - + - + - + - +

Un rayo de sol en los párpados me despertó.
Estaba sentado en mi sillón,
con un vaso de whisky a mi diestra,
apoyado en la mesa de los libros, en el living.
Estaba cansado, como si no hubiese dormido.
Me levanté, lentamente;
la cabeza se me partía.
Evidentemente, había estado tomando.
La botella así lo denunciaba.
Sólo, a juzgar por la ausencia de otros vasos.
Caminé despacio hacia la cocina.
Intentaba entender.
Busqué la leche y la bebí
como si fuera un remedio.
Apoyé mis reales en la mesada.
Miré el techo.
Comí unos panes.
Mi cabeza se negaba a funcionar.
Pero mi corazón sentenció:
"Tenés que buscar a Paco Moreno;
en la villa, si es necesario".
En diez minutos, ducha mediante,
iba camino al Gólgota.
El alcohol es, a veces, un combustible eficiente.
No recordaba nada de la noche anterior,
pero me acordaba perfectamente del derrotero
que había recorrido para encontrar el bar.
"Paco Moreno", dijo una voz segura
que salió desde mis adentros,
y que debo reconcer muy parecida a la mía.
El granuja, que estaba acodado, me miró entristecido
como si quisiera confesarlo todo.
"No estoy orgulloso; era mi deber.
Reconozco que se portó como un valiente".
Las imágenes de un Honorio vulnerable, atacado,
me enceguecieron.
Un largo silencio se acomodó entre las sensaciones de Baco.
No me había repuesto aún
cuando ví aparecer en la puerta a Armando Témpore.
Fue un segundo. Juraría que se asomó
y que desapareció con la misma velocidad.
No llegué a reaccionar.
Tampoco quise hacerlo,
porque no daba crédito a mi lucidez.
Mi silencio no tuvo otras consecuencias.
Me quedé en el bar
hasta que empezó a atardecer.
El propio barman me recomendó que me marchara.
No sabía desde cuándo estaba sentado
en esa incómoda silla de madera forrada en cuerina,
algo descosida, levemente acolchada.
+ - + - + - +
Pasé por el diario.
Evidenciaba un estado lamentable,
a juzgar de las miradas de mis colegas,
que no se distinguen por su sobriedad.
Hablé con vehemencia para minimizar
la cuestión de la ebriedad.
Debo haber logrado efecto,
porque enseguida me empezaron a contar cosas
que no hubiese querido escuchar.
Que el Flaco Urbano le pisaba la mina a Honorio.
Que a Honorio le hubiese encantado matarlo,
y para eso había contratado a un hampón.
Sin embargo, la víctima fue el funcionario.
Una paradoja. Espantosa.
Argumenté un más que creíble malestar,
y rajé para el depto.
Me derrumbé en mi sillón.
Opté por el vino, esta vez.
Puse música.
Cerré los ojos.
Sonó el teléfono.
Atendí, como si nada.
Sin embargo, la voz de Miranda me hizo percatar
que se trataba de la primera mañana.
- ¿Diego Ortíz?
- ¡Miranda! ¿Cómo le va?
- Muy bien, gracias, juraría mejor que a usted.
- Dejeme adivinar qué hora es...
- Las seis y media, ¿estaba dormido?
- No para nada; creo que ya no acostumbro.
- ¿Puede salir al aire? Mi producción lo llamará a las siete.
- Si, cómo no.
- Se imagina que lo llamo para consultarlo por sus amigos, ¿no?
Confieso que mi silencio se debió a que tuve que pensar si "mis amigos" efectivamente lo eran.
- ¿Podemos llamarlo, Ortíz?
- Eh... ¡sí, claro!
Usé esos minutos para asearme y templar mi voz con unos mates. Pero no alcancé a ojear El Ciudadano.
- ¿Ortíz? Miranda le habla.
- Buen día, Miranda.
- Digame: ¿usted elige a sus amigos de algún Vademecum Maligno?
- ...
- Imagínese. Dos de ellos se disputan a una mujer, al punto del homicidio. Pero el que finalmente muere es el presunto victimario. Es una locura, ¿no?
- ¿De qué me habla Miranda?
- Yo sé que usted no es como ellos, pero convengamos que esta gente no es muy transparente, ¿no le parece?
- Son gente grande...
- Grandes... ¡malandras! ¡eso es lo que son!
- ¡Unos nenes al lado suyo, señor! -sin darme cuentas, le preparaba el almuerzo.
- Podrá ser, Ortíz; yo no soy Maximiliano Kolbe, pero no me va a decir que esos amigos suyos...
- ¿Qué dice, Miranda? Rivera, Laureado... son buenos tipos. No busque roña...
- ¡Ja! Buenos tipos... ¿Qué entiende usted por "buenos tipos", Ortíz? Porque yo prefiero hablar de gente comprometida, honesta, valiosa... porque esa bonomía no es algo caracterizable, ¿vio?
- ...
- ¿Ortíz?... ¿Ortíz, está ahí?
- Eh... si. Es interesante eso que dice, Miranda...
- Acerca de las vinculaciones entre sus amigotes, si: es algo que está prácticamente probado.
- No, bueno, si; en rigor, pensaba en la cuestión de la bonomía.
- ¿Qué? ¿Se me puso en filósofo? Yo lo hacía más hábil, Ortíz, pero no me dore la píldora.
- En serio...
- Si, es serio todo esto. Hagamos una cosa, Diego: entiendo que está pasando por un momento difícil -al menos, eso es lo que percibo-; yo lo aprecio, usted lo sabe. Mejor, volvamos a hablar mañana, ¿le parece?
Sin más, cortó. Me quedé petrificado. Aferrado al cimarrón. Había que abandonar el combustible etílico. Urgente.

+ - + - + - + - +
LAS APARIENCIAS
+ - + - + - + - +

Llamé a mamá, con la secreta intención
de saber si me había escuchado con Miranda.
Para nada. Mamá estaba organizándose
para salir para el campo, con Carmen.
La saludé, y partí rumbo al diario.
Fuí por la avenida, para despejarme.
El viento me refrescaba la cara.
Era temprano para llegar al diario.
También, hacía un par de días que faltaba.
Al pasar por el Bar Tolo, una televisión,
teñida de rojo, anunciaba: "¡Ultimo Momento!"
Me detuve a ver qué podía ser.
La noticia tardaba en venir.
Pensé: "me enteraré en El Ciudadano,
en no más de veinte minutos;
qué me voy a andar poniendo nervioso al cuete".
El cielo se presentaba más azul que nunca
y el clima, benigno para los mortales.
Fue traspasar la puerta giratoria de la redacción
para descubrir las caras de velorio.
"¡Ufa!", me lamenté en silencio
y encaré, sin saludar, para mi escritorio.
Abrí cajones, prendí la máquina, me senté.
Al levantar la mirada, percibí al Secretario de Redacción
de pie, mirando para mi lado. Cariacontecido.
"¡La pucha! Ahora, ¿qué pasa?", pensé.
- ¿Te enteraste? -dijo, en voz alta, como para que lo oiga.
- ¿De qué? -maliciaba que se refería a alguna repercusión de la entrevista matutina con Miranda.
El hombre dejó su escritorio y encaró lentamente,
con la cabeza gacha, en mi dirección.
A pocos metros, se animó:
- Lo del Dr. Rivera... -sus ojos ahora me analizaban tímidamente.
- ¿... qué? ¿Pasó algo? -no me animaba ni a preguntar.
El Secretario bajó la frente y despachó:
- Murió... ¡bah! lo mataron...
No pude decir nada. Lo miraba, ensimismado. Espantado.
- ... de una cuchillada...
Debo haber hecho una mueca de horror, que le dio confianza, porque agregó:
- ... que fuera propiedad del Brigadier General.
"¿Se refiere a mi chozno?", malicié para mis adentros.
Un silencio nervioso pobló la sección, aún vacía.
Miradas furtivas. A la ventana, entre nosotros. Me puse de pie.
- ¿Te referís a que era un facón mío, Tito? -tantée.
- Así parece, a juzgar por las primeras repercusiones. El que maneja información policial sos vos, ¿porqué no averigüás un poco más? -su mandato me llenó de calma. Al menos, parecía que no desconfiaba de mí.
Cuando me paraba para salir, Olmos me aconsejó, paternalmente: "Te sugiero que llames a tu amigo, el Dr. de Elía, antes de hacer nada. Mirá que estos no son temas jocosos".

+ - + - + - +

Era más de lo que podía soportar.
Se morían un par de amigotes míos,
con los que estaba compartiendo una historia complicada,
y encima me acusaban de un homicidio.
No quise permanecer en la redacción.
Volví a salir, a los diez o quince minutos de haber estado allí.
Pasé por la Iglesia más cercana del diario
e intenté hacer silencio y escuchar lo que Dios quería pedirme
con tamaña confusión.
Me senté, me arrodillé, hice silencio
mas no conseguí relajarme ni escuchar su Voluntad.
Repetí alguna jaculatoria varias veces, me puse en sus manos
y salí eyectado. Sin saber bien hacia dónde.
Fui para el Club. A esa hora no hay nadie.
Me senté en un sillón del living, frente a la chimenea,
avivé las brasas que aún sobrevivían de la noche anterior
y eché algunas leñas de eucaliptu,
que vienen del campo de uno de los socios.
La llama me distrajo. Mantuve el teléfono apagado.
Debo haber estado un par de horas ahí, en silencio, entregado.
Sentí cerrarse la puerta de entrada y pasos seguros que avanzaban.
En pocos segundos se hizo presente el Dr. de Elía.
Nos abrazamos largamente.
Siempre había sido fuente, antes que defensor mío.
Se sentó en el otro sillón y conversamos un largo rato,
con los ojos puestos en las llamas.
- ¿Vos sospechás de alguien? -me preguntó.
- ¿Qué se yo?, nunca me hubiera imaginado que esto siquiera pudiera pasar...
- Pero pasó. Si vos tuvieras que pensar en gente que le tuviera bronca, envidia, acreencias... ¿quién se te ocurre?
Pensé. Debo confesar que mi cabeza no podía hacerlo bien. Opté por la tangente. Necesitaba charlar.
- Pensar que hace unos veinte años tuvimos el episodio ese de Belaunde, ¿te acordás?
- ¿Cómo me voy a olvidar? ¿Cómo está tu madre? -acudió a mi llamado de piedad.
De pronto, se hizo la luz, e interrumpí lo que estaba diciendo.
- Témpore, Armando Témpore. ¿Te acordás de él?
- Si, uno que firma en El Ciudadano.
- Eso, un colaborador de nuestra sección, que firma notas coloridas.
- ¿Qué pasa con él?
- No sé. Está medio raro últimamente. No me cierra el comportamiento que tuvo en estos últimos días, particularmente después de lo de Honorio.
- Pobre chico, che -acotó, como si fuera un pésame.
- Ni me lo digas. El es la única persona que me genera alguna desconfianza.
De Elía me hizo una serie de recomendaciones legales y apenas pudo pararse para despedirme. Gané la calle camino del Gólgota, sin saber bien si él estaría por allí. Pasé antes por el Cafe Onanía, pero no lo encontré. Sin embargo, el barman me dijo que había pasado hacia poquito. El pocillo aún estaba en la mesa.
Recordé su entusiasmo por esa calle que nos llevó al Gólgota. La que alguna vez llamamos Ruta de los Malvones. Emprendí por ahí. Me solacé con un balcón francés que parecía un jardín, y con otro de fierro negro, todo revestido de enredaderas de jazmín. Esa calle tiene bancos, como en las plazas. Me senté en uno de ellos y me puse a mirar el bergel, la espera de que algo pasara. Y sucedió. De pronto, de una de las casas, una mujer despedía a un señor.
- ¡Mandi! -grité. La mujer cerró rápidamente la puerta mientras el poeta intentaba agradecerle algo al roble.
- ¿Qué hacés acá, m'hijo? -dijo, como un cariñoso reproche. Era mejor que el tono utilizado los últimos días.
Me quedé mirándolo. Le desconfié. El gesticulaba muy sutilmente, como queriendo saber cuál era mi plan. Sin hablar.
- ¿Porqué no me contás qué le pasó a Urbano Rivera, Armando? -lo interrogué, mirándolo de costado.
- ¿A qué te referís? -dijo, como si no supiera nada; pero rápidamente se corrigió: ¡Ah! Si, claro, lo de Rivera.
- Si, lo de Urbano... -mi expresión se había ensañado con el viejo pícaro.
- ¿Realmente querés que te cuente lo del Dr. Rivera? -intentó ganar tiempo.
- Podés contarme éso o porqué salís de una casa de Barracas, que no es la tuya.
- ¡Ja! Si supieras...
Mi gesto no lo ayudaba a disipar el mal clima, y tuvo que ir al grano.
- Vos sabés que ese muchacho no me gustaba nada...
- Ni Laureado tampoco -retruqué.
- No, es cierto -asintió. Y con éso, ¿qué? ¿Vos creés que yo los maté?
Con los brazos cruzados y mi mirada clavada en la suya, callé.
- Veamos, ¿cuáles son los elementos de sospecha que hacés pesar sobre mí? Porque es muy serio acusar a alguien de homicida.
No me hacía ninguna gracia que el Viejo estirara la charla e intentara eludir el interrogatorio. Pero conozco este oficio más o menos como él, y me la banqué en silencio, impertérrito.
- Veo que no vamos a llegar a un acuerdo, ¿no? A ver, decime, ¿qué querés saber?
- ¿Cuál es tu verdadera relación con Paco Moreno? ¿Cuánto tuviste que ver en ambas muertes? ¿Qué te movilizó? ¿Porqué te la agarrás conmigo?

+ - + - + - +

El viejo bribón me tomó del brazo y me llevó a caminar lentamente por la adoquinada calle.
- ¿Alguna vez te hablé de la Brigada del Histerismo?
- Si, recuerdo que alguna vez me la mencionaste -medité.
- Bueno, tanto Laureado como Rivera eran parte de esa especie de logia urbana.
- Yo pensé que era una figura poética, todo esto de la Brigada. ¿Qué tiene que ver con los asesinatos?
- Es que no son asesinatos, homicidios... fueron ajusticiamientos. Estos muchachos son ideológicamente el numen del Histerismo, que está haciendo trizas a nuestra civilización. El médico era un eslabón clave en la alimentación farmocológica de la logia, en tanto que el Funcionario facilitaba el poder del Estado para que aquella pudiera cumplir sus planes sociales. Ambos compartían celebraciones paganas en las que se estimulaba el espíritu logiesco.
- ¿Me estás hablando en serio? -dije mirando extrañado a quien hasta hace poco era uno de mis más leales colaboradores en la sección Policiales.
- ¿Qué? ¿te parece joda? Vos seguramente preferirías que nada cambie, que nadie se la juegue, que todo siga así y que un día nuestros propios hijos y nietos terminen adheridos en esta legión moderna.
- No, bueno, pero... -intenté arbitrar.
- Es cierto, no es bueno -concluyó. Por eso había que hacer algo. Pero algo profundo. Nada superficial. En estas cuestiones, no se puede dejar herido a nadie: o se deja hacer o se mata.
Me quedé helado.
- ¿Te parece, Mandi? -algo adentro mío, dictaminó: negociemos, don Inodoro.
- Claro que me parece. A vos, muy probablemente no. Porque vos sabés bien que Laureado y Rivera no son miembros aislados. ¿No fueron contigo al colegio, acaso? -mi cara se desfiguraba. ¿No conociste tú hace pocos días a la sacerdotisa? -creo que me preocupó más que nada que cambie el voceo por el tuteo, tan extraño para nosotros. ¿O me vas a negar que algún vínculo has tenido con la doctora Prieto?
- ¡Pará! ¿Qué decís? -su rostro acusaba una extraña expresión, y sus manos se movían como garras.
- Lo que estás oyendo, lo que no te hace falta saber -me miraba ahora de frente.
- Mandi, ¿vos los mataste?
- ¿Para qué quieres saberlo? En breve se disiparán todas tus dudas -al decir esto último, como en una película de terror, lanzó una larga y ruidosa carcajada.
No había más nada que esperar. Rajé. Con todo la velocidad que ofrecían mis piernas. Sentí que me corrían. Más de uno. No podía ser Tempore. Sería Paco Moreno y algún otro secuaz. Estaba condenado. Corrí, corrí. Sabía que no podía ganarles a la carrera, ya sea por velocidad como por aguante. Supuse que eran mucho más chicos que yo, que tampoco estoy en pleno estado físico. Al doblar me tiré debajo de un auto estacionado. La calle me ayudaba: estaba vacía y era muy corta; ellos podían pensar que ya habría doblado para un lado o para el otro. Eso hicieron. Lo malo fue que se detuvieron exactamente al lado del auto debajo del que yacía. Ví sus zapatillas vacilar en diversas direcciones hasta que, por fin, pegaron la vuelta. Esperé una horita. Al salir, caminé muy rápido. El primer móvil que ví fue un carro. Le tiré unos mangos y le pedí que me llevara lo más rápidamente posible para el lado del centro. En menos de media hora pude respirar tranquilo el smog citadino.
No le perdonaba al viejo crápula el haberme puesto en la escena del crimen ni haberse afanado de casa semejante reliquia.

+ - + - + - +

Lo más probable era que Armando Témpore,
que nunca fue una persona muy equilibrada,
hubiera enloquecido. Pero seguía siendo peligroso.
Podía ser que me acusara de ser el nexo mediático de la logia.
Convoqué al referido penalista, a la cana y me hice presente
en el velorio de Urbano Rivera.
No había un lugar más seguro que la prisión.
Tempore podía ser un desquiciado,
pero no era poderoso, que yo supiera.
Ante el primer silencio sepulcral y a las incipientes protestas,
expuse mis razones. Acusé a Tempore,
facilité sus coordenadas, saludé a los Rivera
y alcé mis muñecas para que las esposaran.
Le pedí al Dr. de Elía para que les explique todo
a mamá, al diario y a mis consocios del Club.
Ya marchaba hacia el celular,
cuando me abordó el productor de La Mañana Radial:
- Miranda quiere saber si usted sigue pensando que sus amigos son unos "buenos tipos", Ortíz.
- Decile a tu jefe que menos pregunta Dios, y perdona.+

Beccar, 18-10-09

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