Sophenya 9/
- Hoy vamos a hablar de la comodidad, ¿qué te parece? -avanzó Angel.
- Me queda bien; cómodo -aceptó, jocoso, Axel. Pero qué, ¿también está mal ser cómodo?
- ¡jajaja! No se trata de si está bien o de si está mal. Se trata de analizar el tema. Porque la comodidad es un argumento que, a los ojos de la historia, amanece tardíamente. No se recuerdan revoluciones o guerras con este motivo. Es que la comodidad no es una causa comentaria ni colectiva, es puramente individual, y desde los inicios de la historia el hombre se organizó socialmente; primero en tribus, luego en pueblos y finalmente en civilizaciones. Un publicista, Jorge Shussheim, grabó un disco en 1970 ("No todo va mejor con Coca Cola") que tiene una canción que pinta con lujo de detalles el modo en que el cómodo construye su vida. Se llama Confesiones Junto al Sena y dice así: "Una música suena en la calle,/mil violines me dan su calor,/y ciñendo mi brazo tu talle/te suspiro al oído mi amor…/ Tu me dices que sí, que eres mía,/ que te entregas a mí, mi princesa, pero al ir a tomarte no puedo, porque siento que el culo me pesa , ¡ay ay como me pesa!/ Un palacio de cuento de hadas/ y un salón de irreal esplendor,/ son el marco suntuoso en que vive/ nuestro amado y buen emperador…/ Me recibe, en la diestra la espada,/ y me otorga un blasón de nobleza./ “Lo lamento, Sire, no puedo,/ porque siento que el culo me pesa… ¡ay ay como me pesa!/ Encontré a la Diosa Fortuna,/ recostada en la calle, a mi paso/ y me ofrece el sol y la luna/ si tan sólo le extiendo los brazos…/“Ay, mi diosa, lo intento y no puedo,/ me resigno a mi vieja pobreza,/ aunque trate, no muevo ni un dedo,/ porque siento que el culo me pesa…¡ay ay como me pesa!/ Y fugaces los años se escapan/ y me dejan tan sólo tristeza,/ nunca tuve amor ni dinero,/ porque el culo me arrastra y me pesa…/ Un consejo les doy, mis amados,/ un consejo y ya corto mi hilo:/ no se sienten, vivan parados,/ aunque el culo les pese mil kilos!"
Angel había puesto la canción y le dio a leer la letra, para que no se le escape nada. Al término Axel se quedó en silencio, pensativo. No entendía qué le quería explicar Angel.
Se alargó el silencio, mientras Angel acomodaba el mate en un mueble de algarrobo.
- Claro, ahora esto les pasa a muchos... -acotó finalmente.
- ¿Qué? -reaccionó Axel.
- Esto de que la comodidad vence a la deseo. Nada justifica un esfuerzo. Ni qué decir de los esfuerzos que son comunitarios. En estos tiempos, sería impensable dar la vida por una causa mayor, porque no hay tal causa mayor. La mayor parte de la gente se siente vasalla de un régimen en el que no pueden incidir, por más que aún vivimos en una república democrática. La gente no iría voluntaria a una guerra como sucedió no hace tanto acá; en 1982, en Malvinas, o más aún, los que se enrolaron en la guerrilla o en el Ejército para combatir por una causa cuya nobleza merecía poner su propia vida en juego. No digo que éso esté bien o esté mal; simplemente digo que en la actualidad son muy pocos los que estarían dispuestos (¡mirá lo que digo...!) a dar algo de su tiempo por una causa común, por el bien de otros, aún cuando no les signifique nada a cambio.
Axel no atinó a decir nada, pero su rosto captaba el impacto de la acusación.
- Esta generación es tan individualista, que no puede encontrar algo tan simple como buscar una solución para sus propios problemas personales, que se han tornado insoportables porque una sola persona no puede soportar el peso de la vida humana; es la Humanidad la que contiene a la vida. El ser humano es gregario; necesita de los demás para vivir. El individualismo vigente procura, al contrario, la autosuficiencia, el autoabastecimiento. Pero, claro, salir del individualismo es someterse a los demás; al escrutinio arbitrario del otro. Puedo entender perfectamente a los que nacieron en esta época. Es muy cómodo el individualismo. Pero, como gritó Federico Moura: "¡Hay que salir del agujero interior!"
- Entonces, ¿habría que estar incómodo? -quiso saber Axel.
- Buena pregunta; de alguna manera, si. Sería lo que en psicología llaman "salir de la zona de comfort", porque no te exige ni explota tus capacidades al máximo.
- Concretamente, ¿me tengo que vestir incómodamente?
- ¡Estás muy asertivo! -exclamó Angel acaercándose peligrosamente a la obsecuencia de la IA- No es que hay que vestirse incómodamente. Hay momentos para, como se dice habitualmente, "ponerse cómodo". Pero hay momentos en que hay que honrar la situación, la circunstancia, a los contertulios. Aún en esos casos, no tiene sentido vestirse incómodamente; hay que ponerse la ropa adecuada pero que nos quede cómoda, obviamente, salvo que la circunstancia lo exija, pero seria muy excepcionalmente. Para mí, vestirse como uno quiere en cualquier lado es muy arrogante. Porque la etiqueta -es decir, el modo en que uno debe vestirse para cada circunstancias- es un protocolo, que en definitiva es un conjunto de señales que se emiten para codificar o decodificar algo, una onda. No hace mucho era fácil identificar los roles sociales con el mero uso del uniforme, que muchas veces se usaban exclusivamente para facilitar su identificación, como las maestras de blanco, los médicos de delantal, los curas de sotana o los mecánicos de overol. No usarlos supone que los demás saben, pero en una sociedad como la nuestra eso es algo que se reduce a muy pocas personas.
- Entonces el protocolo puede ser bueno, jaja, porque siempre se festeja la ruptura del protocolo... -río Axel.
- Es que romper el protocolo es un protocolo en sí mismo. Pero cada vez empiezo a ver más resurgir la revalorización de antiguos ritos y costumbres, especialmente en los más jóvenes. Puede ser que se haya llegado a una saturación. Es evidente que el mundo está ingresando en un régimen distinto. Es como que va abandonando la locura sesentista para reencauzarse. Pero eso es muy especulativo y no debería formar parte de un proceso formativo. Mejor dejemos acá y retomemos mañana, a esta misma hora.+)
