La coronación


Parecía un trámite más. Una burocrática renovación de pasaportes.

La señora Analía tenía que renovar el que su padre había gestionado en su adolescencia y ahora inscribiría a sus hijos.

Al llegar notó al entregar la documentación que la reconocían. "Usted por acá", Frau Analía, le indicaron señalando una puerta lateral; sus hijos tendrán que esperarla acá.

Ella no lo dudó y avanzó. Se sentía en casa, o mejor aún.

Al traspasar aquella puerta la esperaba Frau Inge, que con un cabezazo le indicó el camino. La señora Analía avanzó sin duda alguna, como si se tratara de un deja vú, una experiencia ya vivida.

Traspasó una segunda puerta e ingresó en una vieja cámara que pareció haber oficiado de capilla en la antigua casona. Al pie del altar la esperaba un caballero, elegantísimamente ataviado con ropajes del tipo nobiliario.

La dinastía Hannover la ha designado como continuidad del Principado ante la ausencia de sucesión. Los Hannover que sobrevivían en el territorio que les era propio perecieron durante la segunda Guerra Mundial en manos de los rusos. Pero hay un testamento holografiado del último Hannover que indica que quien fuera la nieta de Hans Fritz Hannover heredaría el título nobiliario y el derecho a las posesiones de las que fueron despojados.

Frau Inge continuó leyendo: "a ella se le deben los honores propios de la dinastía y el tratamiento correspondiente, por derecho real".

La Señora Analía avanzó, se reclinó y recibió los tres toques de punta de espada que convierten a un simple humano en un caballero o una dama.

Sus hijos la vieron regresar y percibieron que ella ya no era la misma. Una extraña luminosidad bañaba su rostro y cierta fragancia vegetal perfumaba el ambiente.

"¿Vamos, chicos?", indicó y, tras recoger el papelerío, salió rápidamente del Consulado.

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